Epílogo preludio

En una oscura sala...

La tenue luz de una vela es la única luz que iluminaba la sala. Las llamas rutilan cerca del rostro cobrizo de la estatua de una sierpe, cuyos ojos vacíos reflejan la sutil danza del fuego. En las fauces de la estatua, reposa una enorme espada de laen mate rezumando poder oscuro. Un hombre encapuchado permanece arrodillado frente a la estatua, las oscuras ropas sólo permiten vislumbrar sus blancas y esqueléticas manos, entrelazadas en un gesto solemne. En la inmensa oscuridad de la estancia, tal vez una cueva, tal vez una mazmorra, resuena el tenue murmullo de la voz del encapuchado, arrastrada y cruel, entonando antiguos cánticos prohibidos, que evocan a dioses de la oscuridad.

De pronto, el murmullo sordo queda ahogado tras los sonidos de pisadas descalzas. Una segunda figura, también encapuchada y vistiendo una máscara blanca de larga nariz, entra silenciosa en la sala y se arrodilla a unos metros del primer cultista, aguardando en silencio, con la mirada perdida en los cobrizos reflejos de los ojos de la sierpe. El recién llegado aguarda en silencio, de forma paciente, mientras el primer encapuchado termina sus cánticos.

-¿Y bien? -dice el primer encapuchado sin girarse tras acabar el cántico.

-Todo ha salido según lo planeado -contesta la segunda figura, con una voz mucho más joven, pero igual de solemne-. La guerra ha empezado, mi señor, tal como ordenásteis.

-Excelente -contesta la primera figura alzando la vista hacia la sierpe.

Transcurren unos segundos de silencio hasta que el primer encapuchado se levanta y se acerca hacia la estatua. Sus blancas manos se alzan temblorosas hasta asir la empuñadura de la espada.

-Lo noto -dice el cultista-. Noto la furia del señor oscuro, su impaciencia. Quiere volver, está deseando volver a este mundo.

El segundo cultista no dice nada, permanece arrodillado, mirando hacia el suelo en silencio.

-Esta espada es su ancla -dice el primer cultista-, lo que le mantiene atado a este mundo. Hemos permanecido en las sombras, organizándonos durante mucho tiempo... demasiado. Ahora, ha llegado el momento de ver la luz, de dar nuestro siguiente paso. Con la guerra en ciernes, nadie se percatará de nuestra presencia. Seremos invisibles ante sus ojos.

-La vuelta de nuestro señor está cerca -contesta por fin el segundo sectario-. ¡Alabado sea el oscuro!

-Alabado él -afirma el primer sectario girándose-, y alabados los sacrificios que le traerán de vuelta, aunque ni siquiera ellos saben que han sido elegidos.

Una maligna risa embriagadora llena el pesado aire de la estancia, resonando en las lejanas paredes y techo; coronadas por el débil reflejo de la vela en la máscara de cobre portada por el líder de los sectarios.



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